lunes, 9 de abril de 2012

Paseando con Alba.

Ayer Alba y yo pensábamos qué hacer por la tarde y decidimos ir al bosque en el monte para ver corzos. Nos dirigimos por un camino que nos iría regalando la vista de tres valles diferentes desde una altura considerable. Escogimos un bosque bien poblado de árboles, le saludamos, le pedimos permiso asegurándole que seríamos bien respetuosos con él y con todos los seres que nos encontráramos, le contamos nuestra intención de ver algún corzo y le agradecimos el momento. Acto seguido escogimos un árbol para sentarnos y esperar nuestra suerte. En todo momento procuramos no alterar el modo de vida en el lugar y escuchamos, contemplamos y tratamos de sentir todo acontecer a nuestro alrededor. De pronto pasados unos quince o veinte minutos, se escuchó el bramido de un ser lejos y los dos nos miramos y procuramos permanecer quietos en silencio. El bramido se fué repitiendo y también escuchábamos cada vez más cerca sus pasos sobre el humus del bosque. Estábamos sobrecogidos y nos cogimos con el brazo por la espalda, convencidos de que ese era el corzo que veríamos esta tarde. Permanecimos sentados sin movernos pero él seguro que nos intuía y se paró como a unos quince metros de distancia. Por cuestión de altura Alba no le veía entonces muy despacito nos pusimos de pié y allí estaba alerta y todo jovial. Cruzó por delante de nosotros con esa maravillosa habilidad en su andar y esa encantadora presencia. Iba como lanzándonos mensajes con sus bramidos. Eligió una pendiente bastante pronunciada y allí se adentró hasta que le perdimos de vista. Agradecimos al lugar ese regalito y nos encaminamos acto seguido hacia otro sitio cercano para coger una piedra que queríamos meter en la pecera de la tortuga. Anduvimos observando un ratito las huellas y las cagadas de los corzos y jabalíes. Cambiamos impresiones y sacamos nuestras conclusiones.
Estuvimos tres horas en el bosque que nos durarán toda la vida.

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